Qué es ser cristiano

Qué es ser cristiano
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En este domingo, día del Señor, tratemos de responder a una pregunta esencial: ¿Qué es ser un cristiano?

Ser cristiano es creer, pero ¿creer en qué Dios?  No en un Dios que va a hacerlo todo en nuestro lugar, que va a resolver con su presencia, mágica y milagrosamente, nuestros problemas personales y los del mundo entero. Este Dios, el Dios que hace todo, es el dios pagano. El Dios cristiano, el Dios de Jesucristo, es el Dios que dice: denles ustedes mismos de comer… yo no hago nada sin ustedes. A ustedes les corresponde luchar por cambiar vuestras vidas y cambiar el mundo…y Yo multiplicaré vuestras acciones hasta el infinito, Yo las haré eficaces, Yo estoy con ustedes, pero no en vuestro lugar, yo haré que vuestra acción tenga éxito, pero no haré nada sin ustedes, Yo lo haré a través de vosotros…Yo creo en ustedes. He aquí al Dios cristiano, sorprendente: es el Dios que cree en nosotros.

 Yo soy cristiano, yo rezo y escucho, pero ¿a qué Dios?  Al Dios que es sorprendente: yo escucho a Dios pedirme a mí que actúe. El Dios cristiano es el Dios que yo escucho diciéndome: “Denles ustedes de comer “. Mira las necesidades de los hombres, y responde a ellas. Yo cuento contigo para responderles. Dales tus cinco panes y tus dos pescados. Haz lo que tú puedas hacer. Entonces, Yo no rezo a Dios para que haga lo que yo deseo, lo que yo quiero, para que El haga mi voluntad, sino para que yo haga Su Voluntad, y para hacerla es necesario ponerme en disposición de escuchar lo que Él me dice que debo hacer, en mi conciencia, en mi corazón, iluminado por su Palabra, la Biblia.  Dios me pide responder a todas las necesidades de los hombres, hambre de pan, pero, sobre todo, hambre de amor, de esperanza, de razones para vivir. Digamos entonces “yo soy cristiano porque yo escucho a Dios cuando me habla, y le pido a El que me ayude a hacer su Voluntad.

 Yo soy cristiano, yo amo, pero ¿con qué amor?  Yo no amo de cualquier manera: yo amo como Dios ama, como Cristo ama, El que dijo “Ámense los unos a los otros como yo los he amado”. Yo amo entonces entregando mi vida a los demás y a Dios, como Jesús que entregó su vida diciendo en la Ultima Cena: “Tomen, coman, es mi cuerpo entregado por vosotros…tomen, beban, esta es mi sangre derramada por vosotros”.  Amar no es tomar lo que uno quiere para sí mismo.  Amar como Cristo no es tomar del que uno ama, sino dar al que amamos, darle todo, darle nuestro cuerpo, nuestra vida, darlo todo. Digamos entonces: Yo soy cristiano porque yo amo dando todo a Dios y a los demás.

 Yo soy cristiano porque yo tengo confianza y espero, pero ¿en qué Dios pongo mi esperanza y mi confianza?  No en un Dios de milagros extraordinarios que podrían hacernos creer que Dios va a hacer caer del cielo un mundo nuevo donde no habrá más hambre, donde todos los anhelos, todos los deseos, serán satisfechos. Yo no pongo mi confianza y mi esperanza en el Dios de los milagros, sino en mi pequeña acción limitada, en los cinco panes y dos peces que yo doy, en las acciones de todos los hombres de la tierra. Yo tengo confianza en que estas acciones Dios las va a multiplicar hasta el infinito por el universo y a través de la historia, para finalmente construir el Reino Eterno, el mundo nuevo que esperamos. Digamos entonces: yo soy cristiano porque tengo confianza en mis acciones y en las de los otros, y yo espero. Yo estoy seguro de que sus acciones construirán el reino que vendrá.

 Yo soy cristiano, yo perdono, yo no digo “reenvíen las multitudes, ellos podrán ir a los pueblos cercanos para alojarse y encontrar qué comer”, ni digo “si ellos están aquí y tienen hambre, es culpa de ellos mismos, porque debían haberlo previsto; que ahora se las arreglen solos”. Yo soy cristiano, yo no digo “envíalos devuelta a sus casas”, sino que me hago cargo de ellos, y además los perdono, y les doy más de lo que merecen. Nuestro Dios es el Dios del perdón, del perdón absoluto, del perdón setenta veces siete, del perdón infinito, y ello es sorprendente y desafiante: debemos dar siempre nuestros cinco panes y nuestros dos peces, incluso a aquellos que no lo merecen. Digamos entonces: yo soy cristiano, yo perdono siempre, dando a los otros más de lo que ellos merecen.

 Yo soy cristiano, yo llevo mi cruz, pero ¿qué cruz?  No la cruz del sufrimiento, del dolor, como si fuera necesario sufrir para ganar el paraíso. Nuestro Dios no es un Dios masoquista, que quiere hacernos sufrir para salvarnos. Nuestro Dios es el Dios que nos hace responsables, y nos dice: “Toma tu cruz, toma tus responsabilidades, haz lo que tú puedas hacer, lo que debas hacer, para alimentar a los hombres, saciar su hambre, sus necesidades. Digamos entonces: yo soy cristiano porque yo llevo mi cruz, yo asumo mis responsabilidades, yo ayudo a los demás, en mi familia, en mi trabajo, en la sociedad, en la Iglesia, y en todas partes en las que esté presente.

 Yo soy cristiano, yo participo en la comunidad, y en esto también nuestro Dios es asombroso. Nuestro Dios no es un Dios para nosotros mismos, no es ese Dios que nos haría decir o pensar: “Dios es mío”, “yo y Dios”. Nuestro Dios es el Dios que se nos aproxima a través de los otros, que nos salva con y por los otros.  En el Evangelio de la multiplicación de los panes los Doce se acercan a Jesús a decirle que la multitud tiene hambre. Y es a los Doce que Jesús les dice: “Denles ustedes mismos de comer”. Es a los Doce que Jesús pide hacer sentarse a la gente, y distribuir el pan salvador que va a alimentarlos de Dios y de su vida. Es entonces pasando por la comunidad de los Doce, siendo parte de una verdadera comunidad cristiana actual, que podemos alimentarnos de Dios y recibir su Vida y su salvación.

 Yo soy cristiano porque soy feliz, y en esto también Dios es asombroso. Nuestro Dios no es el Dios de la tristeza, el Dios de la miseria, el Dios del hambre, de la sed, de la vida triste y miserable. Nuestro Dios es el Dios de la vida, de la abundancia, de la fiesta, de la generosidad, del dar sin medida. La multiplicación de los panes es una fiesta, y una fiesta sin límites: no solo todo el mundo come, sino que además sobra, hay superabundancia. Es la alegría humana de comer hasta saciarse, y la alegría espiritual de haber recibido un regalo increíble del cielo. No seamos entonces cristianos tristes, sino cristianos felices de ser saciados por Dios. Es nuestra alegría de creer y de irradiar nuestra fé lo que multiplicará a los fieles en tormo nuestro.

 Yo soy feliz de creer en Dios que cree en mí; yo soy feliz de escuchar a Dios que me habla, porque necesita de mí. Yo soy feliz de amar como ama Dios, dando, y de perdonar como El perdona, dándonos todo el tiempo más allá de lo que uno merece. Yo soy feliz de tener confianza en que Dios unirá mi acción a la de los demás para construir su Reino que espero de todo corazón. Yo soy feliz de juntarme con la comunidad que me alimenta de Dios y de su vida.  Yo soy feliz de llevar mi cruz y de asumir todas mis responsabilidades para alimentar a los otros de Dios. Yo soy tan feliz de ser cristiano que hago todo para que otros conozcan esta alegría.

Amén