Educación para el Siglo XXI

Educación para el Siglo XXI
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I. Propósito y contexto.

Si se mira con cierta perspectiva, el desafío de formar a quienes serán los futuros habitantes de una nación, tal vez el más complejo y crítico de todos para la sociedad en su conjunto y para sus gobiernos.

Es ahí donde se define y construye el porvenir que se expresará en uno o dos siglos de distancia, y no es una exageración. Una persona que nace en el año 2000, que pasará por todo el proceso educativo hasta el 2024, si es que se titula como profesional, jubilará en el 2060 o 2070.

Este millennial nacido en el 2000 influirá y será influido por el mundo laboral, cultural, valórico o político hasta el 2080. Pero no es solo eso. Influirá en sus hijos y nietos, y está demostrado hasta la saciedad que la formación del capital cultural en el hogar es uno de los elementos más decisivos en el desempeño de los estudiantes. Por ende, si este millennial tiene hijos en el 2030, estos a su vez repetirán el ciclo hasta el año 2100, en lo bueno y en lo malo que la herencia cognitiva, cultural y valórica se transmite Inter generacionalmente.

Las decisiones que tomemos hoy en el ámbito de la educación y formación de personas tendrán un impacto inevitable al menos a lo largo del siglo XX II.

En este ensayo no se aborda el tema de la educación superior, porque por un lado su dinámica y políticas públicas son completamente diferentes, y por el otro, postulamos que mientras no se resuelvan los desafíos mencionados en este ensayo, y sigan ingresando a la educación superior huestes de jóvenes sin comprensión de lectura ni la capacidad de resolver problemas aritméticos elementales, es poco lo que se puede hacer a ese nivel. Continuarán las discusiones sobre la gratuidad de esta o sus fórmulas de financiamiento, pero será como intentar tapar el sol con un dedo, ya que es la base de la pirámide la que está resquebrajada.

II. América Latina y el mundo.

Tal vez no exista ningún tema más urgente que el de la educación para enfrentar los enormes desafíos de este siglo, signado por el cambio tecnológico acelerado y la profundización de todo tipo de desigualdades.

La educación puede ser el mejor antídoto contra la pobreza extrema y la desigualdad que flagelan y lastran a nuestra región desde hace siglos, que limitan su desarrollo y comprometen la calidad de la vida de sus niños y jóvenes. La educación también resulta liberadora de la creatividad humana y, en los tiempos actuales, una condición necesaria para una vida plena y feliz.

En nuestros países hay, desde luego, progresos y mejorías educativas, pero como el mito de Sísifo, se avanza, y los rezagos también crecen, sobre todo porque el desafío de la actual revolución de la información y digitalización exige más y más aptitudes y calificaciones que aquellos de la mera alfabetización y competencia numérica. Esto se complica por las brutales disparidades de ingreso y de todo tipo.

En América Latina no estamos equipados para enfrentar los desafíos educativos del mundo global contemporáneo. Somos países relativamente jóvenes, de gran desigualdad y todavía con amplias capas de la población que viven en condiciones de gran atraso y pobreza.

No hay que engañarse: en materia de educación no hay atajos. No se improvisan milagros ni caben caprichosas intuiciones. Se deben enfrentar de modo amplio, holístico[1], de manera sistemática y más allá del término de uno u otro gobierno. Si en alguna materia cabe la idea de “políticas de Estado” es en la educación, por eso este libro arranca con una revisión de nuestras fallas institucionales de larga data.

III. Conceptos educativos transversales.

El autor aborda mitos y manías latinoamericanos, donde por años los gobiernos se han empeñado en mostrar como gran logro una continua ampliación de la “cobertura” en desmedro de la calidad educativa. Desde luego, nadie objeta lo positivo de ampliar la cobertura educativa y que ningún niño deje de ir a la escuela, aunque esto no nos debe hacer soslayar la calidad y el contenido de esta.

En este capítulo se analiza igualmente la urgencia de acompañar las mejoras en la calidad de la educación con la necesidad de adquirir habilidades propias del Siglo XXI, el siglo de la información, la inteligencia distribuida en inmensas redes digitales. Se hace explícita la necesidad de contar no solo con maestros mejor preparados y competentes, sino también con directores de escuela con capacidades gerenciales y dedicadas sobre todo en las escuelas de barrio y localidades con niveles altos de pobreza y diversas carencias.

Con abundantes ejemplos, sobre todo de Chile, muestra la necesidad de encarar estos problemas, so pena de comprometer el éxito educativo en su conjunto. No se trata de contraponerla educación pública a la privada: pero si acepta que reflejan la inequidad de nuestras sociedades, lo que hay que enfrentar de alguna forma.

IV. El rescate de los niños y jóvenes como prerrequisito.

En América Latina, en una suerte de verdad inconveniente que pocos quieren ver o comentar, son decenas de millones los niños y jóvenes que se ven amenazados por los malos tratos que reciben de parte de sus familias, las instituciones y la sociedad en general, y también son decenas de millones los que viven en pobreza o extrema pobreza.

Asimismo, los problemas de patología mental y adicciones en muchos de ellos, así como en sus adultos cuidadores, han alcanzado proporciones epidémicas, de modo que amenazan severamente no solo el éxito de cualquier política educativa, sino, más en general, cualquier posibilidad de desarrollo integral de nuestros países.

Este grave problema, peor en promedio que el de otros países, tiene múltiples orígenes: un modelo económico y social angustiante, profunda inequidad, cultura latinoamericana que permite y tolera el abuso de los hijos, educación preescolar de baja cobertura y calidad, creciente consumo y tráfico de drogas, inadecuados sistemas de protección a la infancia, así como educación escolar frustrante y desmotivante.

Esto es lo que en la literatura de políticas públicas se llama un problema “retorcido”, es decir, masivo, de múltiples causas, con muchas interrelaciones y consecuencias diversas que se retroalimentan unas con otras. No tiene por ende soluciones fáciles ni simplistas, y solo podemos aspirar a paliarlo o “domesticarlo”, lo cual de por sí implicará enormes esfuerzos, inversiones y coordinaciones.

Se propone, en adición a las políticas preescolares y escolares que mencionaremos más adelante, un nuevo enfoque de intervención sistémica en siete ámbitos interconectados y bien coordinados, focalizado en la infancia y adolescencia: a) la comunicación y difusión amplia del problema a nivel político; b) un programa masivo y permanente de comunicación a los hogares; c) protocolos de detección y derivación temprana de los afectados; d) rediseño integral de los sistemas de protección a la infancia; e) un programa agresivo de disminución del consumo adolescente de alcohol y drogas; f) diagnóstico y resolución de la demanda de recursos humanos calificados; y g) aumento de las asignaciones monetarias por cada niño en las familias de extrema pobreza.

V. Educación inicial: la base de la pirámide.

En este capítulo, el autor nos hace ver la necesidad de “construir buenos cimientos” y concebir el esfuerzo educativo a partir de la primera infancia. Los cinco años iniciales de vida resultan indispensables para un adecuado desarrollo cognitivo.

 En este sentido, la cooperación entre los padres y familias las escuelas resultan de importancia vital. Constituyen un binomio crítico para impulsar un proceso de formación y desarrollo cognitivo, emocional, y el desarrollo de algunas competencias tempranas. Los apoyos gubernamentales con programas de salud, alimentación y otros serán también un complemento estratégico, sobre todo en zonas de pobreza y carencias importantes.

 Uno de los reportes fundacionales sobre este tema, del año 2000, se denomina en español “De neuronas a vecindarios: la ciencia del desarrollo infantil temprano”. De él traducimos lo que sigue:

  • Desde el nacimiento hasta los cinco años, los niños desarrollan rápidamente capacidades fundacionales, en las que se basa su desarrollo posterior. En adición a sus notables desarrollos lingüísticos y cognitivos, muestran progresos dramáticos en sus capacidades emocionales, sociales, de autocontrol, y morales […]. Estas diferencias se asocian fuertemente con sus circunstancias económicas y sociales, y permiten predecir su desempeño académico posterior.
  • El desarrollo temprano puede verse severamente afectado por déficits sociales y emocionales. Los niños pequeños pueden adquirir tristeza, pena y desorganización profundas y duraderas como respuesta al trauma o el rechazo… Un número significativo está sobrecargado con problemas no tratados de salud mental en sus familias, violencia intrafamiliar, y el costo psicológico de vivir en un vecindario con violencia y desmoralización
  • Deben dedicarse recursos a los niños para el desarrollo de su curiosidad, autocontrol, persistencia, capacidad de cooperar y resolver conflictos con los pares, sentirse competentes y queridos…La educación inicial debe evaluarse no solo por su efectividad en los niños que la reciben, sino en la medida en que permiten reducir las disparidades que traen los niños de diferentes orígenes desde el hogar

 Merecen destacarse en términos negativos los escasos requisitos y normas tanto para el ingreso a la carrera de educación parvularia como de las instituciones que las forman.

Si hasta ahora esta situación ha sido caótica y heterogénea en la región para la formación de los profesores escolares, que en algunos casos ni siquiera han requerido de un título habilitante de nivel postsecundario. En el caso de la educación inicial la situación es peor.

Ni siquiera hay datos, estadísticas o estudios relevantes que nos permitan informar, para la mayoría de los países, cuál es el tipo de formación de las educadoras de párvulos, si es que tienen alguna.

Proponemos establecer a la educación inicial universal y de calidad —en conjunto con la protección de la infancia y la adolescencia descrita en el capítulo anterior— como la prioridad principal de la región, tanto técnica como financiera y de formación de profesionales calificados.

En cuanto a la cobertura de la educación inicial, debemos aspirar a que esta sea equivalente a la del promedio de los países avanzados, tanto en el tramo de 0 a 3 años como en el de 3 a 5. Esto significa llegar a 20-30% de los niños en el primer tramo y 85% de los niños en el segundo. Esta es una meta incluso modesta, dado el grado de desventaja social y cognitiva en que se encuentran las familias más pobres de la región, comparadas con los países avanzados.

Para dimensionar adecuadamente el desafío radical que proponemos, si en América Latina hay 45 millones de niños en el tramo de 0 a 5 años, con las tasas de cobertura arriba mencionadas, debiéramos aspirar a tener unos cuatro millones de educadoras (y eventualmente educadores) de párvulos, con una remuneración equivalente al menos al ingreso per cápita de cada país.

Incrementar la proporción de adultos por niño será insuficiente, si no contamos con educadoras altamente calificadas, pues ellas son las que más influyen en los logros de los niños, más que la infraestructura o recursos. Por ello es que hay que profesionalizar esta ocupación, poniendo los más exigentes requisitos para quienes estén a cargo de su desarrollo. Todas debieran poseer un título universitario, considerando que la evidencia señala que las prácticas más efectivas provienen de educadoras con al menos cuatro años de educación superior especializada.

No obstante, tenemos claro que este será un proceso de largo plazo. Por ello en el presente también es necesario desarrollar programas de formación continua, cuyo propósito sea mejorar las prácticas educativas actuales, con más innovación y poniendo foco en detectar, dar contención inicial y derivar de modo adecuado a los casos de abuso, maltrato o patologías mentales que sabemos que deberán enfrentar.

 VI. Educación escolar.

Uno de los temas educativos de sobresaliente interés es la deserción en la escuela media o secundaria. De modo preocupante y reiterativo, los adolescentes entre 14 y 15 años se enfrentan no solo al tedio de las escuelas convencionales: es mayor el atractivo de los juegos y deporte de los videos que las monótonas tareas al interior de las aulas.

Por otro lado, en muchos hogares pobres se da una gran presión porque los jóvenes trabajen y apoyen al sustento familiar. Por una u otra razón, esas deserciones tempranas rompen el cordón de continuidad que significa la educación tienen un impacto muy negativo en la productividad y capacidades de los jóvenes que dejan trunca su educación.

Un buen número de países instrumentan programas de becas transferencias directas condicionadas a las familias para frenar la deserción. Pero esto debe ser complementado con métodos de enseñanza mejores y más a tono con las realidades actuales que exigen estímulos mayores de tipo pedagógico informático.

En este mismo sentido, el autor da cuenta de las “buenas prácticas” de docencia y pedagogía que pueden adaptarse en los distintos países de la región. Uno de ellos, desarrollado en México, se refiere a las “redes de tutoría”, donde los mismos alumnos se apoyan entre sí y evitan que otros se queden atrás. Se trata de que “aprendan a aprender”.

Por último, el autor derrumba algunos mitos como el que los salones de clase no deben contar con muchos alumnos. Esto es algo relativo en el mejor de los casos, y pone como ejemplo a Corea del Sur, con más de treinta alumnos por salón y óptimos resultados. O el de que más horas en clase mejoran el rendimiento escolar, lo que no se comprueba en la mayoría de los estudios empíricos. Los niños y jóvenes necesitan además tiempo libre, para el deporte, la reflexión o el juego y diversión con sus pares.

Un tema particularmente delicado es el de la introducción de software tecnologías digitales. Recomienda prudencia y no dejarse deslumbrar por algunos productos que prometen milagros didácticos, pues hay unos muy útiles, pero otros son meramente cosméticos. Para poder asimilarlos, se requiere que el docente esté familiarizado con las tecnologías informáticas y tenga un cierto dominio de computación, lo que no siempre sucede. En todo caso, ninguna tecnología digital suple a un buen docente y un ambiente estimulante en el salón de clase.

VII. Recursos financieros

En un último y breve capítulo, el autor se refiere al delicado asunto del financiamiento educativo. El tema es importante, porque ningún país latinoamericano es rico y en promedio todos padecen serias restricciones financieras. No hay reglas ni números mágicos, pero en la región viene aumentando el porcentaje de gasto en educación en proporcional PIB. Ahora se sitúa alrededor del 5%, ya no muy lejos de la cifra que Waissbluth señala como deseable, que es de alrededor del 7%. Sin embargo, mucho más allá de porcentajes, queda la sensación de que lo principal y estratégico es la de avanzar en un modelo educativo transversal muy amplio que dé cuenta de las necesidades educativas humanas de los educandos.

Gustavo Pérez-Canto O.

Ingeniero Civil Industrial U de Ch

[1] El holismo considera que el sistema completo se comporta de un modo distinto que la suma de sus partes.

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